sábado, 10 de enero de 2015

POETAS CAJAMARQUINOS DEL SIGLO XX / Por Armando Arteaga

POETAS CAJAMARQUINOS DEL SIGLO XX / Por Armando Arteaga



POETAS CAJAMARQUINOS DEL SIGLO XX

 Por Armando Arteaga


Varios factores han incidido en  mi interés por la poesía del Siglo XX de Cajamarca.  Tuve en el colegio como profesor de castellano (en primero y en segundo de secundaria) a Einar Pereira Salas, a quien con mis compañeros de clase llamábamos “puchito” por ser un empedernido fumador de habanos y de cigarros negros.  Con él aprendimos desde muy temprano a desfogar en  la gimnasia gramatical de los escritores más representativos de la literatura peruana, pero sobre todo a valorar la cultura y la poesía cajamarquina.  Años después comprobaría que Einar era hermano mayor de un numeroso clan de los Pereira, grandes pintores cajamarquinos,  con quienes hice amistad en los años 70,  en El Wony: René, Luis, y César Pereira.  Einer publicó hace unos años su novela “Celendín, tablero de ajedrez”,  y hace ya varios  meses me enteré de su fallecimiento. 

Había otra razón importante,  en esos años, que también, atrajo mi atención hacia la poesía norteña de Cajamarca.  Fui amigo de un singular personaje que todas las tardes y las noches  aparecía en la bohemia literaria del Café Tivoli de La Colmena, un hombre de barba, anteojos negros de carey, flaco, abrazando libros entre sus chompas gruesas de colores grises y negros de lana de alpaca para mitigar los inviernos limeños,  y con gran sentido del humor, pero que tenía altibajos de cierta crisis de neurosis personal al que había que comprender con incansable  paciencia, pues era la única manera de poder ser amigo de él: Oscar Imaña, hijo del legendario poeta cajamarquino del mismo nombre, y al que para entendernos mejor llamaré: Oscar Imaña Jr.;  con quien entre tardes matinales de cafés, íbamos al cine, era muy aficionado a la nueva ola francesa y  al neo-realismo italiano,  y a platicar: en los cafetines del centro limeño, de los rezagos y hazañas del MIR de Luis de la Puente Uceda.  Nos ilustraba perfectamente de las acciones de Máximo Velando y Guillermo Lobatón, sucesos que  me entusiasmaban oírlos de primera versión,  pues así conocía mejor, también,  de primera mano,  entre otros episodios sociales,  estos acontecimientos de la coyuntura política-cultural limeña que,  por entonces, la gente conversaba de estos sucesos en voz baja: a diferencia de Oscar Imaña Jr., pues este pregonaba a todos los vientos, en voz rebelde, casi a gritos del silencio,  las hazañas de los guerrilleros del MIR.

Una tarde descubrí a mi amigo Oscar Imaña Jr.  caminando  por La Colmena con los ojos vidriados y hablando solo, comprendí entonces su difícil estado de salud mental y su llamada enfermedad de los nervios de la que me habló mas de una  vez con reticencia.  Pasado varios otoños,  un par  de años tal vez, Oscar Imaña Jr.  murió, llevándose  varios secretos, pues,  él también era poeta;  recordando además que,  algunas tardes me mostró poemas inéditos de su padre el poeta Oscar Imaña,  que quería publicarlos, suceso que no se cumplió. 

Por momentos recuerdo con nostalgia y con pesar,  esas conversaciones con Oscar Imaña Jr. Y pienso,  que,  se habrán estropeado y perdido valiosos documentos y poemas inéditos del poeta minero de  Huaygalloc,  como lo llaman algunos entendidos al poeta Oscar Imaña, que hizo Bohemia en Trujillo con el Grupo Norte, amigo personal de Vallejo y de Orrego.

Otro suceso ligado a la poesía cajamarquina es haber confraternizado muchas tardes de conversaciones en el Café de Huérfanos, a espaldas de la antigua Biblioteca Nacional de la Av. Abancay, unido  por cierta amistad con Francisco “Pancho”  Izquierdo Ríos y su infaltable amigo el poeta Mario Florián.  Don Mario era profesor de literatura en el colegio secundario Bartolomé Herrera de San Miguel, su barrio donde también vivía, y tenía pues siempre vocación de maestro ante mi preciado interés por los poetas-filósofos de Cajamarca: Antenor Orrego,  y Mariano Ibérico; por los románticos: Pedro Barrantes Castro y Guillermo Luna Cartland; por los vanguardistas: Oscar Imaña, Armando Bazán, y Alcides Spelucín; por los indigenistas y regionalistas: Nazario Chávez Aliaga, Anaximandro D. Vega, y Carlos H. Berrios; por los más cercanos contemporáneos: Julio Garrido Malaver, Marco Antonio Corcuera, Demetrio Quiroz Malca,  y por el mismo Mario Florián; la conversación se prolongaba llenando la mesa de deslumbrantes  tazas de té o de humeante café, en cada uno de estos encuentros que llegábamos a abordar con amplitud la obra de algunos poetas recientes como Jorge Díaz Herrera, Yolanda Westphalen, Manuel Ibáñez Rosazza,  y Elqui Burgos.  Florián andaba muy bien enterado de las últimas propuestas de la poesía cajamarquina de entonces.

Entre otras tardes, el poeta Florián,  por ese entonces (al final de los setenta), era un asiduo concurrente al local de la ANEA  en el Jirón  Puno. Florián, desde los comienzos de la década de los setenta, logró realizar un esquema de la evolución de la “Literatura Kechua” (Publicaciones Herrerianas, XXV Aniversario.  Ed. Mimeo, 1972), este sumario y didáctico trabajo como él mismo lo llamó, era una “hoja de ruta” para que los estudiantes secundarios indagasen acerca de la “Poesía Kechua”, que es  un breve  documento, irrebatible e irrefutable, pues es sin lugar a dudas la síntesis de un posible y extenso estudio de la “Literatura Kechua” que Florián realizaba, dividiendo esta literatura en periodos desde el siglo XII D.C.: Clásico, Colonial y Del Resurgimiento.  Lo particular de esta tesis que desarrolló Florián  es que esta “Literatura Kechua” comprendía géneros, espacios sociales: culta y popular, y creadores. El “Resurgimiento” empezaba de 1780 D.C. a 1970 D.C., desde la revolución de Túpac Amaru hasta nuestros días, más de dos siglos de duración.  El iniciador de este “Resurgimiento” de “La Poesía Kechua” era Juan  Wallparrimachi Mayta, indio del Alto Perú que resucitó la antigua poesía de los haravikus inkáikos, de manera insuperable, así como cultivó el haráwi amoroso y  los cantos kechuas populares: el waynu, el táki, etc. Florián nos demostró, y se demostró así mismo de la vitalidad y de la existencia vigente de la “Literatura Kechua”.  Este, esfuerzo intelectual, le abrió las puertas para la consolidación de otros trabajos de mayor alcance: “La épica inkaika” (Lima, 1980) y “La narrativa oral popular de Cajamarca y su ordenación por clases” (Lima, 1988), donde restaura lo histórico y admite la vigencia de la oralidad en el entusiasmo creativo del pueblo cajamarquino. Toda esa década del setenta hasta los ochenta, que siempre conversaba con Don Mario en el Café de Huérfanos, acerca de estos temas afines a la literatura cajamarquina y  lo nacional, por lo que supongo,  fue ensalzando  el estudio de toda esta invención literaria de lo campesino, recopilada y sistematizada por Florián, que  nos abrió  las puertas del  filón inagotable de esta literatura popular,  hacia la poesía cajamarquina

Es,  a partir,  de este acercamiento por lo enigmático surgido de la tierra,   y también por la obra “Urpi”  de Florián,  que empiezo la retrospectiva y la reflexión hacia el pasado de lo literario en Cajamarca, pero sobre todo, después de leer y querer entender la filosofía existencial, y la fenomenologíaheideggeriana de Mariano Ibérico (el poeta Pablo Guevara me refirió cierta vez de Mariano Ibérico como un enigmático profesor de San Marcos por su parecido a Bela Lugosi); y  es que así de un registro de recodos urbanos, fui esbozando  una idea más conceptual y una visión más certera acerca de la poesía cajamarquina.  Por sus “Notas sobre el paisaje de la sierra”  de Mariano Ibérico,  fue el despertar de una nueva visión, a muchos otros poetas de mi generación,  nos abrieron  los ojos para una mirada reflexiva y de  absorto mítico acerca del hombre cajamarquino, para tener y  para realizar  un ordenamiento normativo de la poesía en Cajamarca.     

No debo dejar de olvidarme de mi amistad con Demetrio Quiroz Malca en las tardes del Café Palermo, también profesor de secundaria,  a quien siempre admiré por su impecable elegancia  en su poesía que conocí en ese golpe sentimental llamado  “Oh, ternura” (1971).  Mi relación con Demetrio era más amical, de bohemia, de tertulia,   algo alcohólica, lo que no significa necesariamente menos literaria. Mentor literario  del poeta Rodolfo Hinostroza, lo ayudó a publicar su cuento “El noveno tranvía”, en el suplemento dominical de La Crónica (29/06/1958) que dirigía Manuel Jesús Orbegoso.

Hacer un estudio de la poesía de la región Cajamarca, aunque este sea algo somero,  es tarea ardua y difícil, tal vez por las características especiales que tiene la región de poseer territorios  vastos  y dispersos, muchas veces no comunicados entre si:  a través de su devenir histórico, pueblos que han convivido aisladamente, donde cualquier antologador por más experto que sea, sucumbe en esta hazaña (por ser región literaria  de mayores dificultades) para una comprensión integral y para la realización de  algún ensayo aproximativo al tema de esta poesía cajamarquina, que pueda ser cabal, fiel y esclarecedor. 

Para lograr un acertado panorama actual de la poesía cajamarquina, hay que pasar por lo menos el "hito"  histórico de Horacio Villanueva Urteaga en su “Cajamarca, apuntes para su historia” (Cuzco, 1975), o por las desbordantes paginas de noticias y memorias de la Cajamarca prehispánica: en las visiones de Francisco de Xerez, Miguel de Estete, Pedro Pizarro, el otro Pedro Sancho de la Hoz, y Cristóbal de Mena; pasar por la Cajamarca Virreinal en las paginas de Pedro Cieza de León, de Felipe Guaman Poma de Ayala, de Antonio Vásquez de Espinoza, de Andrés García de Zurrita, de Josep García de la Concepción, de Cosme Bueno, de José Ignacio de Lecuanda, y de Tadeo Haenke; pasar por lo retrospección viajera de Alejandro de Humbold, de William B.  Stevenson, de Henry Lister Maw, de Antonio Raimondi, de Charles Wiener, de Ernesto W. Middendorf, o de algún relato de Amalia Puga; renegar por la narrativa virtuosa del renegado  Eudocio Ravines Pérez, o ser deslumbrado por la prosa poética de Mariano Ibérico. O,  haberse mojado  en el carnaval cajamarquino,  o dejarse pintar la cara por alguna bella muchacha caxa, mientras uno toma caña y escucha el sonido de algún lejano clarín, viendo bailar la “cachua” a alguna pareja campesina: al golpe de caja y  una estridente flauta, por lo menos. No olvidar, para nada,  el testimonio de la visita a Cajamarca en 1918 de Abraham Valdelomar, que reconstruyó con prolijidad el historiador Waldemar Espinoza Soriano.

Sin embargo, la poesía cajamarquina es una “summa” de poetas, todos ellos con obras respetables, atractivas  y de gran valor literario:  histórico y poético. Cuando uno hurga por el devenir de esta poesía cajamarquina, no es tan fácil argumentar un esquema histórico, y menos ubicar tendencias y escuelas literarias.  Cada uno de los poetas tiene un conjunto de obras dispersas, publicaciones inhallables, otros poetas cajamarquinos han trascendido el escenario cultural puramente cajamarquino,  que es extenso, y dispersado en otras regiones: Piura, Lambayeque, La Libertad, Ancash, Lima, destacando con brillo propio.  Tal es el caso de Antenor Orrego, el trayecto del joven Orrego: que empieza su labor literaria con la publicación de sus “Notas Marginales” en 1922, y posteriormente irá agregando más títulos a su producción intelectual como su “Monólogo Eterno” en 1929, pero también por su “background” de grandes referentes  poéticos y filosóficos. 

 “Antología de la Poesía Cajamarquina” (1967) que tiene una presentación del poeta-pintor Andrés Zevallos de la Puente

 Dos antologías de la poesía cajamarquina ayudan a tener una visión y un panorama.  En primer lugar “Antología de la Poesía Cajamarquina” (1967) que tiene una presentación del poeta-pintor Andrés Zevallos de la Puente, es allí donde se pretendía  dar un itinerario cabal.  Zevallos es un intelectual, promotor cultural,  y un hombre metido en el quehacer literario y pictórico de la región, de allí que es muy respetable su esquema literario para ubicar los espacios poéticos, las tendencias, las escuelas y los momentos históricos donde uno puede intentar dar un acertado testimonio de este proceso poético cajamarquino.  La Antología de la Poesía Cajamarquina de Zevallos pretendió sentar las bases para discusiones posteriores, pero creo que no ocupó  el verdadero interés de los grandes libros, las intenciones de las grandes obras poéticas cajamarquinas del Siglo XX, importante sí para  el despegue de esta poesía regional norteña, además de ser un rápido viaje por el esplendor de esa poesía, apenas comprende desde Amalia Puga de Losada (1866- 1963) hasta Einar Pereira Salas (1932-2009).  Estudio que va de la mitad del siglo XIX hasta una década más de la otra mitad del siglo XX.

La otra antología, “Poetas de Cajamarca” (1986) de Luzmán Salas Salas es más didáctica, ubica a los poetas en sus  tendencias y escuelas literarias, indaga en lo bibliográfico y lo biográfico de los poetas, traza un diseño para su estudio, y discute los paradigmas estéticos, sociales  y políticos,  que tal vez moldean o le dan forma al contenido de esta poesía cajamarquina. La poesía cajamarquina ha evolucionado últimamente muchísimo, tiene una enorme vitalidad que expresa las esperanzas, las ilusiones y los sueños del hombre actual.  Es un cuaderno muy extenso, diverso, de gran nivel literario.  Por lo que, encuentro también que “Poetas de Cajamarca”  de Luzmán Salas es un explicito esfuerzo por mostrar las tendencias literarias más representativas y recientes de los poetas de Cajamarca, una de las poéticas regionales más importantes del norte peruano.  

 “Poetas de Cajamarca”  de Luzmán Salas

Para adelantarnos en el tema de la propuesta poética de los interiores regionales del país, en la partitura del olvido: en la imaginación razonada de la historia literaria, tenemos que partir,  por el norte cercano: Caxamarka...,  por allí empezó la escritura y la historia en el Perú, donde aparece una destacada porción de lo más interesante del discurso poético nacional.  Esta breve introducción al tema de la poesía en Cajamarca (cambio a la escritura tradicional del nombre), en lo personal, me recuerda unas palabras sentidas de José Sabogal hablando del paisajismo, resumido en una declaración acerca del indigenismo precursor: “Buscamos nuestra identidad integral con nuestro suelo,  su humanidad, y nuestro tiempo”. 

No es el único pintor que habla del paisaje cajamarquino, de luz y de colores, de ese paisaje de la campiña.   Habló,  y pintó,  también, desde la misma ortodoxia: Camilo Blas.  Otro que divagó,  por lo bucólico,  del mismo paisaje campesino y rural: Mario Urteaga Alvarado.  Pero, no quiero ver solo pintores en la consagración artística del paisaje cajamarquino, sino pensar,  y hablar del sentir de  algunos poetas de Cajamarca que entronizaron con el mismo paisaje.

Nadie habló al extremo -tan metafísico- del paisaje cajamarquino como Mariano Ibérico: filosofo y poeta,  desde sus “Notas sobre el paisaje de la sierra” (1937), aunque sus intenciones eran filosóficas; Ibérico: para mi entender,  quedó también como poeta, no en vano divagó por escenarios literarios como “Jorge Manrique, poeta de la añoranza” (1960), Arte Poética (1965), El sentido del tiempo en la poesía de Vallejo (1965), y “Variaciones sobre un tema de Quevedo:  el tema del río (1966). Ibérico es un poeta metafísico, un hábil creador que se mueve muy bien en la “prosa poética”.

No es el único intelectual, en esculcar ese paisaje telúrico, recordemos a Antenor Orrego, sus “Discriminaciones” (1965) son extremos de “prosas poéticas” de gran contenido filosófico.  De manera que tanto Orrego como Ibérico expresan esta visión filosófica de lo poético,  ya como una tendencia sustancial dentro de la poesía cajamarquina. Orrego no es un poeta a tiempo completo con la poesía, la hizo marginalmente,  dejó algunos poemas publicados póstumamente, pero sí agitó el mundo literario desde el grupo Norte con César Vallejo, Alcides Spelucín, Oscar Imaña, Macedonio de la Torre. Escribió ensayos literarios a manera de prólogos acerca de varios libros claves de la poesía peruana: “Trilce” (1922) de César Vallejo  y “El libro de la nave dorada” (1926) de Alcides Spelucín, “Las barajas y los dados del alba” (1926) de Nicanor A. de la Fuente, “Palabras de tierra” (1944) y “La dimensión de la piedra” (1955) de Julio Garrido Malaver.

Hay que reconocer que una de las grandes voces de la poesía cajamarquina es Julio Garrido Malaver por su libro “La dimensión en la piedra”,  de quien en su prólogo Orrego refiere: “El sabe que las palabras. Aún aquellas que acaban de troquelarse, son vasos materiales quebradizos y frágiles, canales rígidos que, para expresar el asombro del espíritu, tienen que matarlo, de alguna manera. Sabe que las palabras son conceptos disimulados, agazapados en la sombra, prontos a surgir por la escotilla de la frase, creados por la mente racional del hombre para apoderarse de la maravilla impalpable de la vida y agostarla en esquemas generales; sabe que todos los signos y las cifras, todos los símbolos y emblemas son temporales y, por eso, asesinos de las realidades permanentes y de toda fluencia vital, y que, cuando intentan expresarlas y transmitirlas, las matan vaciándolas de su esencia concreta primigenia”.  Los poetas conmueven como las piedras, con sus palabras le dan un sentido humano y perenne a la vida.

Debo recordar además  algunos aportes significativos de narradores importantes de la Región Cajamarca,  a Alfonso Peláez Bazán por su cuento “Querencia”, a Armando Bazán Velásquez por “Será un vagabundo”, y, a Amalia Puga de Lozada por obras ensayos como “La felicidad” (1887), “La literatura en la mujer (1891),  y por sus cuentos “Tragedia inédita (1948), y por “El jabón de hiel” (1948).  Cajamarca tiene una narrativa y una oralidad literaria muy importante. 

Para concluir, diré que pasado ya el tiempo històrico de estos poetas del siglo XX, creo que urge estudiarlos con mayor rigor, re-publicar sus libros, hurgar sobre su propia sensibilidad literaria, mirar las cosas de un  modo distinto tal como ellos miraron la vida y su tiempo, aceptando que los poetas que he mencionado pertenecen a la modernidad de esta poesía cajamarquina, ininteligible y disparatada para algunos en los primeros momentos de sus publicaciones romanticas y modernistas, pero "expresión propia" y de trascendente altura poética para otros. 
Acerquémonos a ellos, a su poesía, discutamos con vehemencia y con objetividad lo que muchos no supieron entender, por parecer escandalosamente “modernos”, pero que hoy nos pertenecen, le pertenecen a los pueblos y a las comunidades  campesinas  y urbanas de Cajamarca, sobre todo. 

Cajamarca es  poseedora de una poesía moderna, y contemporánea, plenamente vigente, para estos tiempos tan apurados. Ya lo dijo Fernando Silva Santisteban al referirse al pintor cajamarquino Andrés Zevallos, pasa lo mismo, con los poetas,  que con los pintores, busquemos sus discursos poéticos  tal como ellos los postularon y tratemos de entender esos mensajes que están llenos de contenido humano, busquemos en ellos, dijo Silva Santisteban: "esaluz que no divaga ni embota los contornos, sino que plasma los objetos".


Conferencia en
“XI Encuentro Nacional de Escritores
Manuel Jesús Baquerizo”
Cajamarca: 14-17 de Noviembre 2012.

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